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Opinión

La desvergüenza de Barr no tiene límites

Eduardo Ruiz-Healy

“En 1994, Estados Unidos inició la Operación Gatekeeper en San Diego, la Operación Mantén La Línea en El Paso, y una acción similar en el Valle del Río Grande. Desde entonces, bajo cinco administraciones (dos de Bill Clinton, dos de George W. Bush y ahora la de Barack Obama), la frontera se ha convertido, y cada vez más, en una primera línea militar, junto a la cual se levanta una barda de más de 965 kilómetros de extensión fortalecida con puestos de vigilancia, reflectores y patrullas fuertemente armadas. En los lugares en donde no hay barda, hay cámaras infrarrojas, sensores, soldados de la Guardia Nacional y equipos armados de otras agencias de seguridad como la DEA (Drug Enforcement Administration), el ATF (Bureau of Alcohol, Tobacco, Firearms and Explosives) más la recién empoderada Patrulla Fronteriza y sus propias fuerzas especiales, llamadas BORTAC y BORSTAR”.

Lo anterior se lee en la Introducción del libro Amexica: War Along the Borderline (Farrar, Straus and Giroux, New York 2010), en donde el periodista británico Ed Vulliamy describe y analiza los factores económicos y culturales que han elevado a niveles insospechados la violencia a lo largo de la frontera México-EEUU, “un territorio que parece no estar bajo el control de ninguno de los gobiernos de ambos países”.

El hecho de que el entonces presidente Bill Clinton lanzara las tres operaciones arriba mencionadas, en septiembre de 1994, evidenció el incremento del tráfico de drogas desde nuestro país a EEUU.

Que México se convirtiera en la principal ruta de transporte de cocaína, marihuana y otras drogas a EEUU, fue consecuencia de la eficiencia con que este país desarticuló las rutas marítimas que los traficantes colombianos utilizaron durante años para transportar sus productos. Así, a mediados de los 80, la frontera México-EEUU se convirtió en el lugar de paso más importante para las drogas y a finales de los 90, los narcos mexicanos lograron controlar la distribución de drogas e introdujeron la metanfetamina.‎ Hoy también son los principales exportadores de heroína y fentanilo.

Los números indican que desde 1971, cuando el presidente Richard Nixon le declaró la guerra a las drogas, hasta hoy, no han dado resultados las estrategias antitráfico adoptadas por los gobiernos de México y EEUU. Las drogas siguen fluyendo sin control desde nuestro país, el número de adictos no disminuye y el poder de los narcos es cada vez mayor.

Todo lo anterior viene a cuento porque después de que el Congreso mexicano reformara esta misma semana la Ley de Seguridad Nacional con el objeto de establecer nuevos controles para la presencia de agentes extranjeros en territorio nacional, el secretario de Estado William Barr dijo que “La aprobación de esta legislación solo puede beneficiar a las violentas organizaciones criminales transnacionales y otros criminales que estamos combatiendo conjuntamente”.

La desvergüenza de Barr no tiene límites. La fallida guerra contra las drogas ha sido y es un fracaso; ha dejado casi 400 mil muertos desde 2006 y beneficiado únicamente a los narcos y a las empresas (casi todas estadounidenses) que les venden productos y servicios, tanto a los criminales como a las fuerzas del orden de ambos países.

 

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